CAMBOYA: ENTRE LOS KILLINGS FIELDS Y ANGKOR WAT

Los primeros kilómetros por Camboya no eran los más prometedores para la travesía por este nuevo país. El puesto de frontera, donde nos dieron la visa por 20 U$S (más 1 para ignotos trámites para el oficial de visas y otro más para los que levantaban la barrera de entrada), tenía alambre de púas por los cuatro costados. La ruta, si bien estaba recientemente pavimentada, era de una desolación que hacía mucho que no veíamos, despoblada a través de largas distancias. El calor y el sol eran brutales, sin sombra a la vista, a lo que se sumaba el peligro latente de las minas y bombas sin explotar que podían estar al costado de la carretera, especialmente en esta remota zona fronteriza. La gente, además, parecía haber abandonado la amabilidad de Laos y Vietnam. Se notaban mucho más pobres, casi andrajosos, y las pocas casas que vimos se caían a pedazos.

Si a este panorama le sumamos la historia reciente de Camboya, en que a la terrible guerra que, en los 70, asoló a toda la región, le siguió el régimen genocida de los Khmer Rouges, que luego de ser expulsados por los vietnamitas en 1979 prosiguieron una cruel guerra de guerrillas hasta 1998, con su secuela de violencia y abundancia de armas entre la población, la cosa pintaba mal. Quizá había sido un error no haber cruzado directamente a Tailandia desde Savannaketh o Paksé.

Para colmo, apenas tres kilómetros dentro del país, pinchamos. Abrasados por el sol cambiamos la cámara mientras un par de curiosos se acercaban. Quizá sugestionados por el contexto, nos parecieron de mala traza, pero sólo querían ayudar. Ese fue el primer síntoma de que, si bien Camboya iba a ser más duro para pedalear que los países anteriores del Sudeste asiático, también íbamos a ir descubriendo que este sufrido pueblo no era lo que parecía desde afuera. Cerca del mediodía, paramos en una especie de comedor que estaba coronado por las banderas del partido gobernante, el Partido Popular de Camboya (en ingles, CPP, Cambodia People's Party). Nos metimos sin dudarlo en busca de un poco de sombra y bebida fresca. Sin dinero camboyano, pagamos en dólares, pero pronto vimos que la divisa verde es la moneda corriente del país, y el riel, la unidad local, sirve sólo para los vueltos. No había almuerzo, pero nos regalaron unos choclos que nos aliviaron un poco el hambre.

Al final del día pudimos llegar a Stung Treng, la primera ciudad camboyana. Cruzamos un moderno puente sobre un afluente del Mekong y entramos por un camino de tierra con abundantes pozos a una ciudad más pobre de lo que parecía desde lejos. Paramos en un hotel, el primero que encontramos, semejante a los vietnamitas, bastante bien puesto y por 5 dólares. La ciudad, cuando salimos a recorrerla, mostró un grado de pobreza notable. Teníamos la sensación de que volvíamos al subcontinente indio.

Al otro día seguimos viaje. La segunda etapa se presentaba larga y lo fue: 140 kilómetros y diez horas netas de pedaleo, marcando un récord en nuestro viaje. Salvo pequeños comercios al costado de la ruta, no hallamos población durante el trayecto casi hasta llegar al cruce a la ciudad de Kratie, a la que entramos de noche. Nos llamaba la atención la cantidad de banderas políticas que veíamos por todos lados, principalmente del CPP pero también del resto de los partidos existentes, unos cuatro o cinco más. A la mañana siguiente, compartimos el desayuno con una delegación bastante grande del partido oficial, con camisetas blancas y gorritas distintivas. Al salir, vimos varios camiones cargados de manifestantes dirigirse hacia el centro de la ciudad. No lo sabíamos, aunque podríamos haberlo imaginado, pero había elecciones presidenciales y todos estaban en campaña electoral.

El partido gobernante, el mismo desde que el ejército vietnamita desalojó a los Khmer Rouge del poder en 1979, volvió a vencer por abultado margen. Hun Sen, el líder histórico, sigue al frente del gobierno de un país que, después de los acuerdos de paz y la intervención de la ONU en 1993, volvió a ser, por lo menos nominalmente, una monarquía. El rey fue de nuevo el volátil Norodom Sihanouk, uno de los pocos reyes del mundo con partido político propio y una trayectoria que lo tendría que haber llevado al banquillo de los responsables de la tragedia camboyana junto con Pol Pot y los líderes de sus ex aliados del Khmer Rouge. Sin embargo, las elecciones fueron tan tranquilas que no nos dimos cuenta de que se estaba desarrollando, marcando una gran diferencia con los traumáticos años anteriores.

Algo agotados por las dos jornadas previas, al otro día hicimos menos kilómetros (unos 90), para llegar finalmente al poblado de Sluong. La ruta, que hasta ese momento era plana, tenía algunas subidas, moderadas pero bastante largas. La peor de ellas, de un par de kilómetros, nos exigió bastante justo antes de llegar a la ciudad. Sin embargo, las "guest houses" del pueblo no nos gustaron y volvimos cuesta abajo a una que tenía mejor aspecto, sólo para encontrarnos con la sorpresa de que estaba cerrada. Unas personas nos indicaron un restaurant que tenía al fondo una especie de bungalows. Nos quedamos ahí, pero no fue la mejor noche en Camboya. Además de abundantes mosquitos y de cierta precariedad en las instalaciones sanitarias, pasamos un momento de tensión cuando alguien quiso abrir la puerta de la pieza a la noche. No pasó más nada, por lo que nunca supimos si fue un error o un intento de entrar a robar, pero nos costó conciliar el sueño después de eso.

Estábamos ya a unos 250 kilómetros de Phnom Penh, la capital, pero en vez de hacerlos en dos jornadas, como era la idea inicial, seccionamos la primera en dos, parando en el pueblo de Memout, lo que nos permitió descansar algo más. Veníamos con bastante desgaste arrastrado desde Laos y los últimos días en Vietnam y, al llegar a Kompong Cham, la tercera o cuarta ciudad del país, sobre el Mekong, decidimos parar un día y recuperarnos mejor del esfuerzo antes de hacer los últimos 130 a Phnom Penh.

Al día siguiente llegamos a la capital, después de otra jornada extenuante y con lluvia de a ratos que embarraba la ruta y nos enchastraba a nosotros, la bicicleta y el equipaje. Ya el país se mostraba mucho más poblado, con numerosos pueblos a lo largo de la ruta y bastante más gente. Los chicos, al igual que en Laos, saludaban a los gritos, algunos desde distancias considerables. Al atardecer, empezamos a atravesar los suburbios de la capital, hasta cruzar un puente sobre el Tonlé Sap, un caudaloso afluente del Mekong, con el cual se reúne a pocos kilómetros de Phnom Penh. Repentinamente, nos encontramos con una ciudad de movida vida comercial, amplias avenidas y carteles luminosos. Parecía mentira que fuera el mismo país que habíamos atravesado por casi 600 kilómetros, pobre, casi miserable, con gente en andrajos y niños desnudos, casas de madera y negocios con tres o cuatro artículos a la venta.

Ver las fotos del durísimo recorrido desde la frontera de Laos hasta llegar a Phnom Penh, la capital del país.

EN LA CAPITAL
Pero la luminosidad de Phnom Penh se acaba al visitar los tenebrosos lugares que dan cuenta del genocidio que se vivió entre los años 1975 y 1978. Estuvimos en Tuol Sleng, o S 21, una antigua escuela convertida en campo de concentración por los Khmer Rouge donde se calcula que fueron confinadas, torturadas y, en su absoluta mayoría, ajusticiadas, una cantidad de 10.000 personas, gran parte de ellas cuadros del mismo partido, "purgadas" por el grupo conductor. En los killing fields de Chuong Ek, a los que fuimos un par de días después, fueron ejectuados casi todos los que pasaron por Tuol Sleng.

Poco a poco nos fuimos enterando de algunos aspectos de la terrible tragedia de Camboya. Después de la caída del gobierno pro-norteamericanoi de Lon Nol, el 17 de abril de 1975, comenzó el tenebroso período de la denominada Kampuchea Democrática. Pronto enemistados con sus antiguos aliados vietnamitas, los Khmer Rouge intentaron una suerte de utopia agraria inédita en cualquier programa comunista. Para los KR, los habitantes de la ciudad, la "nueva gente" (es decir, los recién llegados a la Revolución camboyana, población urbana que no había vivido en las zonas ocupadas por ellos previamente) no eran sufcientemente aptos para el desarrollo de la sociedad utópica que pretendían construir en breve tiempo. Por lo tanto, pasaron a ser personas descartables. "Si te conservamos, no ganamos nada; si te perdemos, no perdemos nada", solían decir los guardias de los campos de exterminio a sus víctimas.

La primera medida de los KR fue desalojar las ciudades, enviando a todos sus pobladores a trabajar al campo. Muchos murieron ya en el camino hacia sus destinos campesinos, otros tantos perecieron por el esfuerzo de los trabajos forzados, muchos más aún por hambre y malos tratos. Pol Pot intentó hacer realidad las pesadillas de la propaganda anticomunista más burda: prohibió todo, desde el dinero hasta las fiestas; abolió la educación, salvo la del partido; la música, menos los himnos partidarios; los casamientos se hicieron colectivos y las parejas fueron armadas por el partido; todas las vestimentas eran uniformes negros...

Se calcula que en los casi cuatro años del regimen casi extraterrestre de los Khmer Rouges murieron dos millones de camboyanos. Finalmente, el ejército vietnamita, también hostigado por las tropas de la Kampuchea Democrática, en una acción humanitaria poco reconocida por el resto del mundo, invadió el país y acabó, en pocos días, con el gobierno de Pol Pot. Este, sin embargo, logró huir a las selvas fronterizas con Tailandia y, con el apoyo de este país y de China, prosiguió la guerra hasta su muerte en 1998.

Los vietnamitas ayudaron a la formación de la nueva República Popular de Camboya, gobernada por el partido que actualmente sigue rigiendo los destinos del país, y una trabajosa reconstrucción comenzó. También comenzaron a salir a la luz los testimonios de la masacre que, increíblemente, no fue reconocida internacionalmente hasta principios de los años 90, pues en el contexto de la Guerra Fría la intervención vietnamita era considerada por la OTAN y por China como una "invasión".

En 1993 se firmaron unos acuerdos entre el gobierno de Hun Sen y las fuerzas que respondían a la realeza camboyana, fiscalizados por las Naciones Unidas. Una nueva etapa comenzó para el, nuevamente, Reino de Camboya.

Visitar los campos de la muerte de Chuong Ek fue ver, de alguna manera, materializada toda esta macabra historia. Un monumento alberga un impresionante número de cráneos de las víctimas, desenterrados de las fosas comunes que se empezaron a exhumar desde 1980. Los guardias encargados de matar a los prisioneros, muchos de ellos adolescentes, bajaban a la gente de camiones que llegaban todos los días y los mataban a golpes o con armas blancas. Unas 19.000 personas pasaron por estos campos, entre oficiales y soldados del ejército derrotado en 1975, intelectuales, profesionales, militantes del propio Khmer Rouge que pasaron a ser "peligrosos" para Pol Pot, algunos extranjeros, vietnamitas o gente que hablaba vietnamita y otros que por cualquier razón pasaron a ser considerados no aptos para la nueva sociedad en construcción.

Volviendo de Chuong Ek, a unos 15 km. de Phnom Penh, y cuando se largaba una lluvia, tuvimos nuestro primer accidente de todo el recorrido. Tratando de girar para protegernos del agua bajo unos techos, una moto apareció repentinamente, nos tocó y fuimos a parar al suelo barroso. El golpe no fue fuerte, más lo fue la bronca porque los motociclistas ni siquieran pararon a ver que había pasado, sino que se fueron más rápido de lo que venían.

Ver las fotos de Phnom Penh y la visita al centro de detención S-21 y al campo de exterminio asociado.

ANGKOR WAT
Al día siguiente nos fuimos de la capital de Camboya, navegando por el Tonlé Sap hasta Siem Reap, la ciudad más turística del país, acceso a las fabulosas ruinas de Angkor Wat. Pasamos así de la tragedia reciente de la Kampuchea Democrática al mítico y glorioso pasado del Imperio Khmer. Las ruinas de Angkor, las mayores del Sudeste asiático y, según dicen, el complejo arquitectónico religioso más grande del mundo, consisten en una enorme cantidad de impresionantes templos dedicados a los dioses y la mitología hinduísta (en aquel entonces la religion imperante en la zona, progresivamente reemplazada por el budismo) y a la glorificación de los monarcas Khmers, que gobernaron un gran territorio en los actuales Camboya, Tailandia, Laos y Vietnam, entre los siglos X y XIV. Son decenas de monumentos extendidos por una amplia zona de cerca de 100 km. de perímetro, los principales de ellos son Angkor Wat, que le da nombre al conjunto, y la ciudad fortificada de Angkor Thom. Esta última tiene varias puertas coronadas por unas enormes y misteriosas caras esculpidas, sobre cuyo significado aun discuten los arqueólogos. En el centro de Angkor Thom, el espectacular templo de Bayon alberga más de una docena de estas caras sonrientes y enigmáticas.

Ver las fotos de Angkor Wat.

PEDALEANDO EN EL POLVO
Recorrimos Angkor durante dos días antes de empezar nuestro último y difícil tramo en Camboya, desde Siem Reap hasta Poi Pet, frontera con Tailandia. La distancia no era tan importante, unos 150 kilómetros, pero el camino, el principal acceso para el turismo que va a Angkor por tierra, es inexplicablemente desastroso, aunque están llevándose a cabo trabajos de pavimentación. Los primeros 10 km. son de un pavimento implacable, casi lustroso, que llega hasta el acceso al aeropuerto de Siem Reap. Un secreto a voces afirma que la razón por la que la ruta no se mejora (y el tramo hasta el aeropuerto parecería indicarlo) es por el soborno que Bangkok Airways, que tiene el monopolio de los vuelos a Angkor, hace regularmente al gobierno camboyano. De ser así, sería vergonzoso y antieconómico para el país. Pero ahora, con las obras en marcha, la plata parece haberse acabado.

El camino se hace insoportable apenas pasado el desvío al aeropuerto. Una nube de polvo nos cubrió casi todo el tiempo, enormes baches y terreno desparejo nos impedían avanzar a más de 10 km/h. La bicicleta iba rebotando permanentemente, si bien el terreno, por suerte, era consistente y no el arenal que otros ciclistas tuvieron que soportar años anteriores. Cubiertos de polvo, paramos el primer día en un movido cruce de caminos, Kralanh.La siguiente jornada, con mucho viento en contra, lo que aumentó la cantidad de polvo tragado, nos llevó a una ciudad más importante, Sisophon. Llegamos temprano, pero las condiciones del camino no daban para intentar llegar ese mismo día a la frontera.

En la tercera jornada, por fin, llegamos a Poi Pet. Sorprendentemente, la ruta estaba pavimentada en casi todo el tramo. Los últimos 5 kilómetros atravesando la ciudad fueron, en cambio, los peores. El camino parecía bombardeado, aun cuando estábamos pasando entre edificios modernos, algunos lujosos, y una ciudad de cierta importancia económica.

Por suerte no encontramos ninguna situación conflictiva. Días antes, en Phnom Penh, nos enteramos que había un conflicto entre Camboya y Tailandia que había llevado a ambos países a aprestos bélicos. La disputa era por un templo milenario, cercano a la frontera común, que fue declarado recientemente patrimonio mundial por la UNESCO. El territorio había sido objeto de disputa en los 60, hasta que conflictos más importantes lo dejaron en el olvido. Pero, posiblemente, las condiciones de poca legitimidad del gobierno tailandés actual lo hayan llevado a tratar de exacerbar el nacionalismo a costa de los camboyanos, ocupando con tropas el templo en rechazo a la resolución de la UNESCO, que lo reconoce como de los khmers.

Los dos países movilizaron soldados. Camboya, increíblemente, sumó a viejos veteranos del Khmer Rouge, ansiosos por combatir. "Tener al enemigo en la mira y no poder disparar me pone nervioso", declaró uno de ellos al Phnom Penh Post, un semanario en lengua inglesa. Sus declaraciones eran algo curiosas, por decirlo de una manera. "Estuve veinte años en guerra; la guerra no me gusta, pero si hay, ¡quiero combatir!", declaró al semanario. Un compañero complementó el "concepto": "soporté los bombardeos de la fuerza aérea norteamericana, la más poderosa del mundo; después enfrenté a los vietnamitas, que son los soldados mejor entrenados del mundo: ¿voy a tenerle miedo a estos soldados thai?"

La cosa parece no haber pasado a mayores. Los veteranos del Khmer Rouge no pudieron dar rienda suelta a sus instintos asesinos. No hay guerra entre Tailandia y Camboya y, cuando llegamos a la frontera, ningún signo de tensión se advertía. Al contrario, un inverosímil casino de enormes proporciones se estaba construyendo en el terreno entre los dos puestos fronterizos. A pesar de su terrible historia y de lo difícil que se nos hizo, nos fuimos con cierta tristeza de Camboya. Tailandia, nuestro país número diecinueve, estaba del otro lado.

Ver las fotos del trayecto de 150 km. hasta la frontera con Tailandia.

el trayecto por camboya


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